** Alcanfor y lavanda
Mi abuela llenaba su armario de bolas de alcanfor. Estaba obsesionada con la idea de que las polillas pudiesen acabar con las sábanas de su ajuar. Todavía las conservamos, sábanas de algodón blanco delicadamente bordadas. Mis abuelos se casaron en el año 1942. El olor del alcanfor me produce sentimientos contradictorios: por una parte es el olor del armario de mi abuela y por otro es el olor de las beatas de mi parroquia. No sé si a estas alturas quedarán beatas en mi parroquia. Creo que pocas. Nuestro párroco es la antítesis del pájaro espino y eso, a la fuerza, tiene que influir en la devoción de las feligresas. Viejos problemas, viejas soluciones. Polillas y alcanfor. Las polillas son terribles. Trabajan lentamente pero sus efectos son devastadores. Las polillas que atacan el alma son igual de indeseables. También trabajan lentamente, también causan daños tremendos. Atacan por todos los frentes hasta que logran ahogarte. Un día por la noche te acuestas y notas que te cuesta respirar. Alarmado, al día siguiente vas al médico. Después de reconocerte te dice que tienes principios de asma y te receta Ventolín. Mentira. No es asma, son las polillas.
Resignado vas a la farmacia a por el inhalador. Al llegar a casa lees el prospecto y ves que solo es un broncodilatador. ¿Y las polillas? No sabes qué hacer, no sabes cómo vas a librarte de esa plaga que está empezando a minar tu vida. Alguna solución tendrá que haber, algo podrá hacerse.
UN RELATO ESCRITO POR: Alvariño
Colaborador habitual de A Lareira Máxica






