Es conocido el drama que vive la lengua inglesa en el mundo, acosada y despreciada, perseguida descaradamente por los nacionalistas de aquí o allí, sus hablantes encuentran dificultades doquiera van. No menos dramática es la situación de la lengua castellana, ésta en la que escribo, la nuestra, la común. Una lengua que se extendió por el mundo sin imposición y con benevolencia, gracias a que gallegos, catalanes, vascuences y aborígenes americanos deseaban con vehemencia conocerla, hablarla y aún escribirla, abandonando sus torpes e infantiles chapurreos pero que hoy, ¡ay!, vive horas amargas.
Es cierto que nuestros abuelos hablaban la lengua gallega, pero lo hacían sin mala fe, era por ignorancia de la lengua común, la verdadera. Nosotros hoy, gracias sean dadas, hablamos y escribimos correctamente el castellano y nuestros hijos ya saben conjugar el pretérito perfecto, "he dicho", cuando para nosotros, antes, lo perfecto era indefinido, "dije". Desde la secular ignorancia gallega no hemos dejado de progresar, hablaremos al fin como en Chamberí, "el Madrí ha ganao" (repitan). Aunque, por culpa de la dichosa Constitución que reconoce a las nacionalidades históricas y sus lenguas, y de la autonomía aún vigente, nuestros hijos son obligados a estudiar la lengua autonómica, que no es la común. Menos mal que no es obligatorio conocerla, a diferencia de la verdadera. (Generalísimo, vuelve. Estamos huérfanos, a merced de esos nacionalistas. ¡Antes había un solo nacionalismo, el común, y nos bastaba!)
ARTIGO DE OPINIÓN ENVIADO POR:
Ana I.Colaboradora de
A Lareira Máxica