** El árbol de tu vida
S entado,bajo sus ramas, aquel árbol respondía a las preguntas más inesperadas que le planteaba. Atento y tierno me abrazaba, tapándome con sus frondosas hojas llenas de un inconfundible y fresco olor. Allí mismo, mis pensamientos se entrelazaban con sus raíces y se fundían en una fuerte convicción ligeramente interrumpida por el canto de los pájaros que sobre la copa se adivinaban. El tiempo se paraba mientras la vida corría. Las dudas se disipaban y los retos crecían por medio de una inconexa ecuación matemática difícil de descifrar. Jugábamos: uno a ser mayor y otro a ser profesor. Aquel viejo y sabio árbol me obsequiaba con sus filosóficas respuestas llenas de cauta experiencia pero, a la vez, dejaba entrever halos de intriga y desasosiego cual película de misterio. Al atardecer, cuando el sol expiraba el último aliento, me dejaba marchar. Nunca antes. Así un día tras otro, hasta que la muerte le sobrevino. Un temporal con nombre de mujer -Hortensia- lo había herido de muerte un frío mes de enero, en pleno invierno. Fue su fin. Triste y amargo. Jamás olvidaré su sonrisa al verme ni tampoco aquellas largas e instructivas conversaciones que ambos manteníamos en un interminable duelo dialéctico amable y distendido, bajo el amparo de su estilizada figura, y en el que casi siempre él acostumbraba a repetir triunfo.
Recuerdo sus últimas palabras: “hace falta madera, más madera y muchas hojas. Sólo así la naturaleza nos podrá cobijar mejor e impedir el avance de la contaminación”. Pasaron los años, su memoria perdura y los buenos sentimientos son imborrables Por algo será...
Julio Torres © ® 2012






