
El corazón de trapo que me fabriqué hace unos días me ha salido una auténtica porquería. Late rítmicamente, ni tengo taquicardia ni soplos, no me canso más que antes, puedo subir escaleras, puedo montar en bici y también puedo correr. Puedo hacer lo de siempre pero sentir, lo que se dice sentir... Este corazón no cumple su función principal, la que le da sentido a la vida si es que lo tiene. Me ha salido una chapuza de cojones, un auténtico churro. No sé si visitar al cardiólogo o al psicólogo, no se si lo mío será un fallo de chasis o un fallo de mente. Sospecho que puede ser lo segundo. Tengo miedo. Tengo tanto miedo que soy incapaz de moverme, prefiero hibernar en agosto. Creo que he empezado a morirme ya. Empiezan a sobrarme los días, las horas, ya lo he visto todo, ya he estado en todas partes. Me embarga una tristeza tremenda. Ya no brillo, me estoy apagando. Lentamente voy perdiendo el interés por las cosas, por lo que antes me divertía. Los demás no se dan cuenta, no lo perciben, me tratan como siempre. Una de dos, o yo transmito más bien poco, tirando a nada, o ellos van a lo suyo. Cualquiera de las posibilidades es terrible. Es mejor no pensarlo, mejor no sacar conclusiones, ni siquiera pararse a reflexionar un solo instante. Mejor comerse un flan y limpiar la cocina. Dejar la mente en blanco y concentrarse en el brillo de la puerta de la nevera. Eso, mucho mejor. Enciendo la radio. La apago. No la soporto. Todas las canciones hablan de amor. No soporto las letras, no quiero saber nada de los corazones ajenos. En mi pecho late una piedra, una piedra de cantos redondos y mil historias. Una piedra del camino, mil veces la han pisado, mil veces la han dejado atrás.
UN RELATO ESCRITO POR:
AlvariñoColaborador habitual de
A Lareira Máxica