** Cara B. Latidos de caramelo
Será posible que esta piedra pueda convertirse en azúcar, será posible allanar montañas y secar mares. Ya me gustaría. Ya me gustaría despertar. Sentir que vale la pena vivir cada día, dejar atrás la rutina, dejar de vestir el aburrimiento con el traje de la tranquilidad. Tengo que poner de mi parte. Lo que pasa es que yo estoy muy lejos de ser el típico héroe. Yo soy un héroe de capa raída y sombrero manchado y si me encuentro un molino en La Mancha en vez de un gigante veo una sombra. Y claro, así no se va a ninguna parte. Así no se hacen méritos y la dama del palacio, cuando por la noche se apoye lánguidamente en la barandilla de su balcón para hacerle confesiones a la luna, en vez de dejar escaparse entre sus dedos un pañuelo de seda delicadamente perfumado con esencias de jazmín y violeta, va a tirarme unas chancletas viejas y como me ponga pesado, detrás viene el agua de lavar los pies. Lo veo venir y la única excusa que tengo es que al corazón de trapo le han salido piedras de vesícula y por eso rindo poco. Me lo ha confirmado el cardiólogo después de hacerme una radiografía.
Últimamente tengo la sensación de que estoy cruzando el ecuador de mi vida. Algo así como si dejara atrás la primera parte y estuviese empezando la segunda. Pudiera ser, matemáticamente es posible. Tampoco es que me interese demasiado el pasado. Me interesa lo justo, el presente siempre tiene sus raíces en el pasado. Eso sí, pero el pasado es eso, pasado, tiempo vivido. No se puede cambiar la dirección de las agujas del reloj, ni falta que hace. Sólo hay una cosa del pasado que me gustaría recuperar: la ilusión. Me encantaría recuperar la ilusión y deshacerme de la resignación. Acabo de acordarme de la inolvidable y bellísima Carmiña Ordóñez que seguramente, en estos momentos, estará de fiesta en algún lugar del cielo. Decía Carmina que siempre tenía las ventanas abiertas al amor. A mí me hacía mucha gracia su actitud, me hacía casi reír porque me imaginaba que su casa tenía que tener muchísimas ventanas.
Carmina fue mujer de ventanas abiertas y yo soy un tipo de puerta de seguridad y cocodrilo hambriento en el foso. Es curioso porque por las ventanas abiertas entra el aire fresco, el oxígeno, la vida. En cambio, las puertas acorazadas se colocan para evitar que entren los indeseables, los que hacen daño, los que dan miedo. La ilusión es el antídoto del miedo, el remedio natural para acabar con las piedras del corazón o los corazones de piedra, que vienen a ser lo mismo. El cardiólogo me ha sugerido cirugía laparoscópica, es un ingenuo. Con abrir la ventana y ventilar bien…
UN RELATO ESCRITO POR: Alvariño
Colaborador habitual de A Lareira Máxica









