Si todo en la vida fuera sexo seguro que nunca más me separaría del lado de Agustín, ese gran cocinero que últimamente me busca incansablemente, sin encontrarme muy seguido. La otra noche mientras comíamos cerezas en su cama le pregunte cuál era su plato preferido: “Tú, entera, desnuda, excitada”, me contestó. Llevábamos más de una botella de Cristal en el cuerpo y sus palabras parecían manjares de amor. Miel, Jalea Real, para alguien como yo que conoce muy bien el sabor de la decepción.
Sus manos recorrieron todo mi cuerpo y mis besos quisieron olvidar otros labios; “quien mejor que él, un experto en entregar placer, para consolarme”, pensé. Su saliva inundó todo mi cuerpo: mis brazos, mis pechos, mi estómago, mi entrepierna y cada uno de los dedos de mis pies. Me dio la vuelta y sus manos certeras recorrieron toda mi espalda y mis glúteos para luego penetrarme, húmeda, deseando que el tiempo se detuviera en ese instante, en ese orgasmo y que no avanzara más. Sonaba Dido y él estaba más cerca que nunca, más vulnerable. Y no me refiero a cercanía física, hace tiempo que traspasamos esa barrera, sino esa que se da por el efecto de la cotidianidad. Lo que surge o debiese surgir con el día a día.
La noche se nos hizo corta. “Contigo podría ser feliz”, me dijo cuando terminamos de hacer el amor en una de esas largas sesiones que dejan extenuado el cuerpo y desahuciada el alma, porque sé que mañana no habrá burbujas que se me suban a la cabeza, ni dulces cerezas que me arropen el corazón, ni magia que me retenga a su lado.
"Solo Piel" do libro de
Mariana Jara Tacones Urbanos
RELATO ENVIADO POR:
MaríaGran Colaboradora de
A Lareira Máxica