mércores, 14 de novembro de 2007

** A Frase Máxica de ....G.García Márquez

"Cando necesites o silencio para pensar en alguén, lembra que en silencio alguén pensa en ti"



Gabriel García Márquez <---- dixit

luns, 12 de novembro de 2007

** O recuncho literario de .....García Márquez

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.
Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.

Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.

-Papá.
-Qué.
-Dice el alcalde que si le sacas una muela.
-Dile que no estoy aquí.

Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.

-Dice que sí estás porque te está oyendo.

El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:

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    -Mejor.

    Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.

    -Papá.
    -Qué.

    Aún no había cambiado de expresión.

    -Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.

    Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.

    -Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo.

    Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:

    -Siéntese.
    -Buenos días -dijo el alcalde.
    -Buenos -dijo el dentista.

    Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.
    Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.

    -Tiene que ser sin anestesia -dijo.
    -¿Por qué?
    -Porque tiene un absceso.

    El alcalde lo miró en los ojos.

    -Está bien -dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.

    Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:

    -Aquí nos paga veinte muertos, teniente.

    El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.

    -Séquese las lágrimas -dijo.

    El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese -dijo- y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.

    -Me pasa la cuenta -dijo.
    -¿A usted o al municipio?

    El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.

    -Es la misma vaina



    Anaco de texto do libro de Gabriel García Márquez "Un día de éstos"







Texto enviado por: Mariam
Gran Colaboradora de A Lareira Máxica

** A Frase Máxica de....Gabriela Mistral ¿ten razón?

" Onde haxa unha árbore que prantar, prántaa ti. Onde haxa un erro que emendar, eméndao ti. Onde haxa un esforzo que todos esquivan, faino ti. Se ti @ que aparta a pedra do camiño "



Gabriela Mistral

venres, 9 de novembro de 2007

** Feísmo arquitectónico por culpa dun teléfono

C ousas da vida….
Antes era moi normal escoitarlle dicir a alguén:

- “Vou chamar por teléfono. ¿Tés cambio deste billete de mil en moedas?”

O que acabades de escoitar pódevos sonar un pouco raro ou, incluso, extravagante, pero iso de chamar por teléfono meténdolle moedas ó susodito “aparato” é o que se facía a cotío ata hai so uns anos. E digo se facía, porque cada vez é máis infrecuente atopar a clientes de cabinas telefónicas. Aínda que habelos hainos….Ou iso din. Desde que se xeralizou o uso dos móviles o panorama mudou de aspecto. A cultura deu unha salto no medio do camiño, ¿un salto positivo ou negativo? ¿Qué outros danos colaterais trouxo consigo?.

O móvil é un trebello que foi gañando adeptos a pasos axigantados,namentres o seu irmán maior, o teléfono de cabina -das cabinas de toda a vida como dirían os de Gomaespuma- os perdía na mesma proporción, tamén a pasos axigantados. Cal regra de tres inversa que se estudiaba de pequeño no colexio.

A principios deste ano pasei por un lugar e unha cidade que sempre, sempre me cautivou, e aínda o segue facendo. A santiaguesa Rúa do Vilar. Ben, pois nese incomparable percorrido baixo os seus milenarioe fermosos soportais (recomendo visitalos sobre todo cun Santiago de Compostela con choiva) albisquei ó lonxe unha cousa que me chamou a atención. Era unha cabina telefónica incrustada nos soportais. Chamoume a atención por dous motivos. Paso a explicalos:

1- Porque me preguntei ¿e quen raios usa agora estas cabinas con tanto móvil solto pola sociedade adiante? Por certo, antes para poder falar cunha persoa que non estaba nun sitio onde houbera teléfono fixo era difícil. Agora co móbil é máis sinxelo, Aínda que iso ten o seu lado bo e o seu malo. Como todo na vida…

2- Deume en pensar senón sería o de aquela minicabina telefónica un caso de feísmo arquitectónico, tan característico da nosa Galicia, pero “á inversa”. ¿Qué pintaba unha “modernidade” telefónicia apegada a aqueles soportais antigos, pero de tanto valor artístico e histórico? E digo inversa, porque postos a pensar, o feísmo provocábao o propio teléfono xa non so porque rompía a arte do lugar, senón porque, gracias da vida, a cabina telefónica case é un obxecto en perigo de extinción por mor dos móviles. Visto desta maneira tanto os soportais como a cabina pasarían a ser reliquias. Pero non. A arte é arte, e a cabina desentona tanto como ver o CGAC ó lado do Museo do Pobo Galego. Ou iso me pareceu a min. Non había excusas…
Entón que fai a cabina alí ¿afear? Pois si. Creo que pór un teléfono hoxendía nun casco histórico debería ser case un delito. E como se dentro da Catedral puxeramos un ciber ou outra cabina telefónica. ¿¿Non é moi lóxico non?? E nos teempos que corren, con tanto móvil, pois aínda debía ser máis delito. Un feísmo arquitectónico en toda regra provocado por un medio de comunicación, en plan vestixio telefónico. Vamos que o aparello desentona completamente. Quizás o turista que recorre a Rúa do Villar xa traia un móvil no bolsillo –senón dous- e, en caso contrario, a zona nova de Santiago, está a un pasiño. Non amolémola paisaxe e a historia arquitectónica santiaguesa…..


Voltando a reflexión do primeiro punto, é curioso: nuns poucos anos a nosa cabina telefónica de toda a vida, case parece unha reliquia comunicativa pois con tanta fartura de móviles ¿quen as vai usar?. E agora, ó mellor, é outra obra de arte a conservar. Nun futuro veremos nos museos exposicións de cabinas telefónicas. Non é coña. É verdade. Sí, aquelas cabinas tragacartos que tanto nos teñen timado pois quedábanse co cambio ou, sinxelamente, con tódalas moedas sen deixarnos nin tan sequera dicir:

- “Hola, ¿está menganito….?”

Ladroas, máis que ladroas, cantas moedas non me devolvéstedes…..E agora están en vías de extinción…..

…Cousas da vida



ARTIGO DE: Julio Torres
Coordinador de A Lareira Máxica