martes, 12 de abril de 2011

** Aída

Quiero darle la bienvenida a una nueva colaboradora de A Lareira Máxica. Se llama Athenea y es autora del blog chileno Cuentos de Athenea, que está muy bien y os lo recomiendo. Athenea, muchas gracias por unirte al grupo de colaboradores/as de A Lareira Máxica!!! Su primera colaboración es el relato "Aída". A mi me ha gustado mucho.



CHILE. Athenea
Colaboradora de A Lareira Máxica

A pesar de que la primavera había despuntado, ésa era una tarde casi invernal. Yo buscaba liberar mi inquietud de los últimos días en un tranquilo café, acompañada de un buen libro. Nada mejor que la buena lectura para sosegar el alma.

Estaba enfrascada en mi lectura, cuando oí un leve sollozo. No levanté mi cabeza de inmediato, pues la sordera parcial que padezco, a veces me juega malas pasadas. Sin embargo, cuando volví a escucharlo miré a mi alrededor... No la vi inmediatamente. Me quedé quieta, hasta que pude discernir la dirección de la cual provenía ese quedo y tímido llanto. Luego me giré y fue cuando te vi. De edad indefinida, lucías indefensa con tu mirada de perrito castigado; pesarosa y tan pequeña, envuelta en tu manto de lagrimas que, automáticamente, busqué los pañuelos que suelo llevar en mi mochila. Con ellos en mi mano me acerqué y te pregunté si te sentías bien. Me devolviste una mirada de ojitos llorosos y sorprendidos. No respondiste, pero aceptaste los pañuelos que te tendía.

Me senté en tu mesa y sin saber mucho qué hacer, te ofrecí un sorbo de mi deslavado café cortado. Lo aceptaste con gesto enternecido. Todo era silencio.

Prendí un cigarrillo y te lo ofrecí. Lo cogiste con mano nerviosa. Mientras encendía uno para mí, recordé cuán torpe me siento cuando veo a alguien llorar. Tu voz. Un “gracias” tenue, acallado. Luego te levantaste y te marchaste sin más. En la mesa quedaron los pañuelos y en el cenicero el cigarrillo a medio consumir.

Pedí la cuenta y me marché. A poco andar, te encontré frente a la vidriera de uno de los tantos porno-shop del sector. Estuve a punto de acercarme, pero desistí, dispuesta a seguir de largo. En eso tu mano me cogió por el brazo. Te oprimiste a mi costado como una criatura indefensa y caminamos. Te pregunté si vivías cerca. Asentiste con la cabeza. Decidí entonces acompañarte hasta tu casa. Así llegamos a un vetusto edificio ubicado al frente de una iglesia. Estaba a punto de despedirme cuando un gesto tuyo me detuvo. Abriste la reja y tomaste mi mano. Me tensé por un momento, pero te seguí en silencio. Nos adentramos en el edificio que me pareció sombrío y abandonado. Llegamos a tu departamento. Una tenue luz de origen indefinido iluminaba la salita. Me senté en un sofacito y desapareciste por un momento.

Experimentaba una extraña sensación, mezcla de ternura y sobrecogimiento. De pronto, apareciste a mi lado y tomando una vez más mi mano, me llevaste a tu habitación. Me quitaste la chaqueta y me ofreciste un cigarrillo y te sentaste en la cama. Aún de pie, yo sentía algo así como un ligero sobresalto. Mis instintos estaban alerta por no sé qué indefinible razón, y es que en aquella habitación se filtraba esa misma tenue luminosidad sin origen aparente. No había ninguna lámpara encendida. “No temas”, dijiste, como adivinando mi extrañeza, e hiciste una seña para que me sentara a tu lado. Lo hice y te recostaste en el lecho instándome a hacer lo mismo. No había ningún gesto insinuante en tu invitación. Aún así, me sentí incómoda y es que tu silencio me perturbaba.

“¿Vives sola?”, pregunté. Asentiste con la cabeza “¿Cómo te llamas”. “Aída”, respondiste. Acto seguido besaste mi frente. Tus labios estaban fríos y noté la palidez de tu rostro. “Gracias por acompañarme”, dijiste. Cerraste los ojos y te dormiste.

Aguardé unos minutos y luego de terminar el cigarrillo me levanté suavemente para no despertarla y me fui.

Días después, en el mismo café, nos volvimos a encontrar. Yo escribía unas notas, y al levantar la vista para pedir un café, te encontré sentada ahí, en mi mesa. La misma palidez y tristeza reflejada en tus ojos. Sin embargo, sonreíste cuando al acercarse Lorena, la mesera, a tomar mi pedido, solicité dos cafés. Dada la sorpresa ante tu abrupta aparición, no alcancé a notar el gesto de extrañeza de Lorena.

A diferencia de la vez anterior, Aída se mostró más comunicativa. Aún así, no respondía mis preguntas acerca de ella. Por toda respuesta, inquiría sobre mí. Le conté entonces que era novelista y que junto con ello solía escribir artículos literarios.

Bebimos el café, nos fumamos unos cigarrillos y la invité a caminar. Era un atardecer algo caluroso y me llamó la atención que Aída llevara la misma ropa abrigada de hacía unos días. Pero eso parecía no molestarle.

Anocheció y nos encontramos frente a su departamento. Con un gesto, me invitó a entrar. Una vez dentro, examiné su pequeña biblioteca, variada y rica. Me sorprendí al ver viejas ediciones de Edgar Poe y Lovecraft. Al volverme, Aída estaba frente a mí, con sendas tazas de café en la mano.

Un poco impelida por ese desasosiego que experimentaba ante su característico silencio, empecé a hablar de temas diversos. Ella escuchaba atenta, y al hablar, su queda voz se apreciaba dulce. Sus ojos, siempre tristes.

Así, al mirarla, fue cuando noté la extraña y sutil belleza de sus rasgos, y aunque su rostro lucía pálido, ello no le restaba hermosura. Me di cuenta que ella me miraba atenta. Fue cuando sentí deseos de besarla. No sé si adivinó mi deseo. Sólo sé que sonrió delicadamente. Se acercó, tomó mi mano y me llevó a su habitación. Todo lucía como días atrás. Aída se volvió hacia mí y posó sus fríos labios en mi boca. Abrazarla resultó fácil, era tan menuda...
Los besos y caricias nos llevaron a su cama. Su cuerpo ligero, era casi etéreo. Nos desnudamos y la acaricié con delicadeza. Besé su cuerpo entero que parecía oler a flores silvestres. Ella se entregó sin reservas, enredándose en mí como una hiedra. Pero a pesar de la pasión que nos envolvía, su cuerpo parecía no entrar en calor. Cogí una manta y la cubrí, pero luego olvidé esos cuidados al sentir sus caricias recorrerme. Eran sabias, con la sabiduría de miles de mujeres, de miles de años.
El dulce sopor que abraza después de hacer el amor, me hizo dormirme en su cuerpo. Al despertar, me encontré sola en su habitación. La llamé. Nadie respondió. Me vestí y salí a la calle, sorprendida. En ese momento, caí en la cuenta de que no tenía un número de teléfono para llamarla y que, torpemente, tampoco le había dado el mío. No sabía cuándo volvería a verla.

Yo iba al café todas las tardes buscando encontrarla. Pero parecía que la tierra, la hubiera tragado. Después de una semana, le pregunté a la chica del café si la había visto. Respondió que no la conocía. “Pero si es la chica que estuvo conmigo acá hace unos días”, le dije. Lorena me miró extrañada. Luego se acercó y me dijo en tono confidente: “Disculpa, pero tú siempre has venido sola. Por eso me llamó la atención el otro día cuando pediste dos cafés. Pensé que a lo mejor te juntarías con alguien, pero como no llegó nadie…”

Me quedé perpleja. ¿Me estaba volviendo loca? Pagué la cuenta y me fui. Caminé hasta el edificio que de día lucía más viejo y abandonado. Entré y golpeé la puerta del departamento de Aída. Nadie respondió. Golpeé más fuerte aún, con el corazón latiendo aceleradamente. La puerta del departamento de al lado se abrió y apareció una viejecita. Me preguntó a quién buscaba. “A una amiga”, le respondí. “Pero allí no vive nadie hace mucho tiempo m’hijita”, me dijo. “A lo mejor usted no la conoce.
Es una muchacha de unos 22 años”, le respondí. “Se llama Aída”.

La abuelita me miró sorprendida se acercó y añadió: ”Aquí vivió una jovencita con ese nombre”, me dijo. “Pero hace muchos años. Usted no puede haberla conocido!”. “Pero claro que sí”, repliqué, con tono algo alterado. “No m’hijita. Eso no es posible”, aclaró la viejita, “Aidita murió hace 15 años, ahí mismo, en ese departamento. Dicen que murió de pena, ¿sabe? Yo la conocí. Era una niña muy linda. Todos los hombres andaban locos detrás de ella, ¿sabe? Pero, bueno, a la Aidita no le importaba, porque eso no era lo suyo, usted me entiende, ¿verdad m’hijita?”

- No, no la entiendo – le dije.

La abuelita me miró compasivamente. “Bueno, la Aidita estaba enamorada de una profesora de la universidad donde estudiaba. La mujer, al parecer, se sacó el gusto con la niña y luego la abandonó. De ahí que la Aidita nunca más fuera la misma, ¿sabe? Se volvió muy solitaria y cada vez que yo la veía, ella andaba como llorosa, como triste, ¿me entiende m’hijita? Un día vinieron a buscarla unos compañeros de la universidad, porque hacía días que no sabían nada de ella. Cuando entraron a su departamento la encontraron muerta en la salita. No había ninguna nota. Sólo dos tazas de café en la mesita.

Guardé silencio. Y entonces entendí. Aída, finalmente, estaba en paz.

4 comentarios feitos. Deixa o teu!!!!! :

O Moucho dijo...

Bienvenida Athenea a esta lareira. Me gustó mucho el relato. Espero que sigas enviando mas historias. Julio: enhorabuena por la buena salud de tu blog. No te comento nada en el faisbuc, como siempre, pero te sigo. Dentro de poco este blog estará de aniversario otro año mas. Me alegro que siga creciendo esta llama de esta lareira que calienta nuestro ser. Por lo menos calienta el mío. jejeje

Mariam dijo...

Athenea, me ha encantado tu relato. Ahora mismo me paso a conocer tu blog.

Julio Torres dijo...

O seu blog cambiouse a wordpress. Xa modifoquei o enlace do blog de Athenea neste artigo.

sonia dijo...

Athenea me ha encantado tu relato, es precioso.